Parla argentina

Mi llegada a tierras argentinas coincide con la llegada a las librerías del Diccionario Fraseológico del Habla Argentina, publicado por la Academia Argentina de Letras y Emecé, que recoge locuciones, modismos, frases hechas y fórmulas de la lengua viva del pueblo, y como dicen sus autores, Pedro Luis Barcia y Gabriela Pauer, se trata de un homenaje a la creatividad lingüística del pueblo. Una creatividad que lleva de calle a muchos intérpretes de la cabina de inglés, acostumbrados al español castizo de España y que ante un argentinismo se quedan algo traspuestos.

Había una vez una niña de 8 años que vivía en el Bajo Flores, a principios de los años ’80. Sus padres hablaban de un modo tan estrambótico, tan distinto de los padres de sus compañeras, que ella, a veces, se desesperaba. No entendía por qué su padre decía, de tanto en tanto, que le “arruinaron el estofado”, si la que cocinaba era la madre. Peor aún se sentía cuando se referían al vecino, un viejito solterón que criaba peces –todo su living era un inmenso acuario, pero también su cocina y su habitación–, y su madre se llevaba un dedo a la sien y dictaminaba: “Le chifla el moño”. Cuando pedía que le compraran la muñeca de moda, su madre, mujer de pocas pulgas, le respondía “dejame que lo consulte con el bolsillo”, porque no le gustaba “deberle a cada santo una vela”. Por el lado materno, alucinaba con frases como “me ne frega”, “ni chicha ni limonada”, “ni qué ocho cuartos”; por la vía paterna, “patinar el embrague”, “muchos caciques y pocos indios”, “chupate esa mandarina” y “calentar el agua para que otros tomen el mate”.