Laudatio al orador

Etiquetar a ponentes y conferenciantes, decía hace unos meses, resulta práctico y útil a modo de táctica preventiva, pero también resulta sencillo pasar de la mera clasificación con fines pragmáticos a la crítica fácil de vertiente negativa. Al igual que nos quejamos por salir sólo en los medios cuando algo sale mal, lo cierto es que nosotros mismos hablamos sólo de los ponentes o conferenciantes para quejarnos de su velocidad, de la falta de documentos, o del acento endemoniado, por poner algún ejemplo, y pocas veces exponemos los méritos de nuestro objeto de interpretación. Supongo que es condición humana. Sin embargo, en esta ocasión sí que me gustaría hablar de aquellos ponentes que –después de muchos años– atesoro en la memoria por muchas razones: por su excelencia profesional, su humanidad o su excepcionalidad como personas. Muchos ya no están aquí, pero sigo recordándolos con profundo agradecimiento por las horas que dedicaron a explicarme conceptos científicos desconocidos para mí, por la comprensión y bendita paciencia que tuvieron conmigo y por saber escuchar y querer aprender también de esta profesión de la que eran cómplices. Hay oradores que te ponen el discurso en bandeja y hacen que hasta creamos que nuestro oficio es fácil; oradores apasionados por su trabajo que te hacen participes de esa emoción; oradores con un bagaje profesional que quita el hipo pero de una humildad desconcertante; científicos que son capaces de explicar los conceptos más complicados con una sencillez que sólo los sabios de verdad poseen; personas muy grandes de las que he aprendido y a las que he tenido el privilegio de interpretar.

La cabina indiscreta

La disposición de las cabinas dentro de la sala de conferencias es esencial y debe diseñarse de tal forma que el intérprete pueda tener vista directa al orador y a la sala.

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Desde la cabina solemos contar con una vista privilegiada sobre la sala, y eso nos permite poder observar las reacciones de ponentes y participantes y entender mejor el proceso de comunicación y todo lo que eso conlleva. Como testigos mudos al otro lado del cristal también podemos ver cosas que a otros se les escapan. Desde esta atalaya tan particular vemos situaciones de los más diversas – no sólo durante la conferencia (con la distracción que eso pueda suponer) sino también entre “actos”-, dignas del mejor de los estudios sociológicos. Hay asistentes que se descalzan sin pudor alguno y siguen con aparente atención al conferenciante mientras el intérprete intenta “reponerse” de la distracción. También los hay que se rascan con fruición, o que saborean sus bocatas con disimulo, o abiertamente; otros se peinan o se hacen la raya, se acicalan o se retocan; por supuesto, están los de las consabidas incursiones nasales y los paranoicos del reloj. Últimamente, los participantes de conferencias, congresos y seminarios son mucho más tecnólogos y toman apuntes en sus portátiles, o en sus móviles de última generación, o consultan el correo y la cuenta facebook mientras habla el orador.

El otro día, sin embargo, presencié una situación de lo más pintoresca; la verdad es que no daba crédito a lo que estaba viendo. Aprovechando la pausa entre dos sesiones, uno de los participantes sentados en la sala sacó algo del bolsillo … miré unos segundos después y el sujeto en cuestión estaba repanchingado en su asiento y lavándose los dientes con total naturalidad. Sí, sin agua, ni vaso, ni lavabo, y desconozco si con pasta de dientes porque no me aventuré a mirar si salía espuma dentífrica por la comisura de sus labios, y si así fue se la tragaría, digo yo, porque de allí no se movió y a los pocos minutos empezó la siguiente sesión. Tengo que decir que el baño de caballeros quedaba a pocos metros de la sala, así que a día de hoy todavía sigo atónita.