Laudatio al orador
Etiquetar a ponentes y conferenciantes, decía hace unos meses, resulta práctico y útil a modo de táctica preventiva, pero también resulta sencillo pasar de la mera clasificación con fines pragmáticos a la crítica fácil de vertiente negativa. Al igual que nos quejamos por salir sólo en los medios cuando algo sale mal, lo cierto es que nosotros mismos hablamos sólo de los ponentes o conferenciantes para quejarnos de su velocidad, de la falta de documentos, o del acento endemoniado, por poner algún ejemplo, y pocas veces exponemos los méritos de nuestro objeto de interpretación. Supongo que es condición humana. Sin embargo, en esta ocasión sí que me gustaría hablar de aquellos ponentes que –después de muchos años– atesoro en la memoria por muchas razones: por su excelencia profesional, su humanidad o su excepcionalidad como personas. Muchos ya no están aquí, pero sigo recordándolos con profundo agradecimiento por las horas que dedicaron a explicarme conceptos científicos desconocidos para mí, por la comprensión y bendita paciencia que tuvieron conmigo y por saber escuchar y querer aprender también de esta profesión de la que eran cómplices. Hay oradores que te ponen el discurso en bandeja y hacen que hasta creamos que nuestro oficio es fácil; oradores apasionados por su trabajo que te hacen participes de esa emoción; oradores con un bagaje profesional que quita el hipo pero de una humildad desconcertante; científicos que son capaces de explicar los conceptos más complicados con una sencillez que sólo los sabios de verdad poseen; personas muy grandes de las que he aprendido y a las que he tenido el privilegio de interpretar.
Grabando, grabando
Ayer tuve la suerte de interpretar a un correcaminos de Minnesota (Bip Bip), consultor y experto en el posicionamiento de salchichas y demás productos de Oscar Mayer. ¡Qué manera de hablar! Muy interesante, eso sí. Una pena no haber llevado la grabadora, ya que no pude escuchar mi interpretación. Conociéndome como me conozco, estoy convencida de que si lo hubiera hecho, estaría hundida en la miseria, o escondida debajo de una silla, atormentándome por haberme dejado arrastrar por la inercia del discurso del orador, y repitiéndome sin parar: síntesis, décalage, reformulación, síntesis, décalage, reformulación, síntesis, décalage, reformulación, síntesis, décalage, reformulación…..
Grabarse y oírse es esencial para poder mejorar y para aprender a interpretar bien; y hay que ser muy metódico. Conozco a muchos colegas que tienen verdadera aversión a las grabadoras. ¿Cómo vamos a mejorar si no sabemos cómo interpretamos? Los músicos se escuchan, los bailarines se miran en el espejo, muchos médicos graban sus intervenciones y muchos profesores también graban sus clases. ¿Por qué será que a algunos intérpretes les cuesta tanto escucharse? Las palabras del Maestro Viaggio son muy elocuentes en este sentido:
¡La primera vez que me escuché casi me muero! Cada vez que excedía cierta velocidad, la voz se me subía a un falsete insoportable; para no hablar de los vicios más irritantes, como las vacilaciones, las autocorrecciones innecesarias, las frases empezadas antes de tiempo y terminadas con toda torpeza, la sintaxis acartonada, el uso abrumador de perífrasis verbales (siempre “formular una propuesta”, y jamás sencillamente “proponer”) o de verbos nominalizados (“para la solución del problema”, y nunca lisa y llanamente “para solucionar el problema”), el léxico insulso, la entonación monocorde… en suma, la absoluta antinaturalidad de la elocución que sigue aquejando a tantos colegas que no son conscientes de ella porque nunca se han oído interpretar.
Comunicación y ciencia
Cuantas veces no nos habremos quejado del marcado acento de un orador o habremos sudado la gota gorda intentando sacar algo de sentido a un puñado de palabras que parecían sacadas, eso sí, del diccionario Oxford pero que estaban dispuestas (arrojadas, más bien) de tal forma en el discurso que era prácticamente imposible saber de qué estaba hablando el ponente en cuestión. Me tranquiliza ver que muchos investigadores que asisten a congresos científicos tienen la misma percepción y sufren también esa misma frustración. En Science News, Janet Raloff ilustra a las mil maravillas este tipo de situaciones que hemos vivido tantas veces desde la cabina (oradores empecinados en aturdirnos con millones de cifras y datos embutidos en una presentación de 10 minutos, por ejemplo), y vuelve a recalcar la importancia de la comunicación (objetivo primordial de cualquier conferencia o presentación científica, algo obvio pero que se olvidado muchas veces). Merece la pena leer su artículo: Let’s put the accent on communication
Vida más allá de la cabina
El conocimiento lingüístico tan sólo es una de las herramientas del intérprete, la interpretación supone transmitir un discurso hablado, contenidos, y saber un idioma o ser “bilingüe” no significa necesariamente que se pueda ser intérprete: la interpretación es una destreza y existen una serie de técnicas y métodos que hay que aprender. Te tienen que gustar los idiomas y disfrutar del esfuerzo que conlleva el aprender y mantener un alto nivel lingüístico de forma continua.
Como la variedad de temas tratados en las conferencias es casi ilimitada [incluso dentro del ámbito de las ciencias agrarias te puede tocar cualquier tema, desde "micorrización de la encina" hasta "derechos del obtentor" pasando por "epidemiología veterinaria", "inseminación artificial en cerdas", "incendios forestales" o "el cultivo del mejillón en bateas"] el intérprete debe prepararse a conciencia antes de cada conferencia. En este sentido, la improvisación es incompatible con una interpretación responsable. Antes de entrar en cabina, el intérprete dedica muchas horas a prepararse, recabando información sobre el tema y leyendo documentación en sus idiomas de trabajo (en mi caso, intento trabajar desde el inglés al español, que es mi lengua materna; pero también hago “retour”, es decir, desde mi lengua materna –español– hacia el inglés), intentando mantenerse al corriente de los cambios y las nuevas terminologías, así como de la actualidad (es esencial intentar leer la prensa a diario y en diferentes idiomas, para estar informado de la situación política internacional y los últimos acontecimientos ya que -durante los discursos o ponencias- los conferenciantes muchas veces hacen referencia a eventos importantes y a la actualidad).
Familiarizarse con la actividad de investigación o docencia de los ponentes es también importante puesto que ayuda al intérprete a entender las intenciones detrás de las palabras del orador. Saber en qué universidad o empresa trabaja, qué puesto tuvo anteriormente, las líneas de investigación que sigue, sus publicaciones recientes , su participación en proyectos, etc. son aspectos que conviene tener en cuenta también a la hora de preparar el trabajo.
Las estrategias de preparación pueden ser muy variadas, cada maestrillo tiene su librillo, pero es indiscutible que las nuevas tecnologías y el uso masivo de internet han simplificado y agilizado enormemente la tarea de documentación y preparación previa. La web nos ofrece un sinfín de recursos y podemos encontrar prácticamente todo: catálogos web, portales temáticos, webs científicas, webs de universidades o de empresas, bibliotecas en línea, revistas, foros, glosarios, bases de datos terminológicas, discursos en formato audio o video, y hasta radios y TV locales de cualquier país del globo para que podamos entrenar nuestro oído con acentos complicados.

Nada que ver con la situación previa al despegue de internet. Todavía me acuerdo de un seminario que se celebró, hace muchos años, sobre gestión de la caza cuya preparación fue una tortura; tuve que visitar bibliotecas, consultar enciclopedias y revistas especializadas, preguntar aquí y allá, además de pasar una tarde muy interesante en casa de una amiga conversando con su padre que era cazador para que me documentara al respecto y me dejara unos cuantos libros que tenía sobre caza mayor, caza menor, el perro de caza y los trofeos.
No cabe duda de que el aprendizaje continuo es parte del trabajo de un intérprete, y eso es todo un privilegio.
“The fundamental rule when you’re not sure of a term or phrase is ask. There is an old Japanese adage which goes:
to question and ask is a moment’s shame, but to question and not ask is a lifetime’s shame.”

