La culpa es de los pinganillos

Si esta semana es la semana Sinde, la semana pasada pasará a la historia por ser la semana del pinganillo. Polémica en el Senado español por la interpretación (merece la pena escuchar el interesante debate emitido sobre este controvertido asunto en el programa radiofónico Don de Lenguas del día 25/01/11) y polémica confusión por la no interpretación en la Casa Blanca.

En el caso de EE. UU., los intérpretes hemos vuelto a aparecer en los medios de comunicación por un supuesto error en la interpretación ya que durante la rueda de prensa que ofrecieron Hu Jintao y Barack Obama en la Casa Blanca con motivo de la primera visita oficial del presidente de China Popular a los Estados Unidos se produjo un curioso incidente: a la pregunta de un periodista (norteaméricano) acerca de los derechos humanos, el político chino respondió que «a causa de un problema técnico de traducción e interpretación, no había escuchado la pregunta sobre derechos humanos».

¿Por qué será que cada vez que hay un tema espinoso en un encuentro internacional o una mala organización del acto, le terminan echando la culpa al intérprete? Supongo que, en parte, son gajes del oficio, al menos del oficio de intérprete oficial o diplomático, a tenor de lo que desvela uno de ellos, Harry Obst, en su libro sobre interpretación diplomática en Estados Unidos. En cualquier caso, y a pesar del incidente lingüístico, Hu Jintao prometió a Obama avanzar en los derechos humanos, la mayor declaración de compromiso con la democracia que ha hecho en público un presidente de China.

Vía: FORBES, SFGATE, NY Times y Chequerboard

El intérprete del Dalai Lama

Este sábado 20 de febrero el periódico argentino La Nación publicaba una reseña sobre Gerardo Abboud, el que desde 1993 es el intérprete oficial para América latina del XIV Dalai Lama. El caso de Abboud es sin lugar a dudas singular: a los 25 años este ingeniero porteño de origen sirio inició –sin saberlo– un fascinante viaje existencial que le llevó por distintos países, para terminar finalmente en la India, donde se dedicó al estudio del budismo, a la práctica de la meditación y al estudio de la lengua y la tradición tibetanas. Su secreto no fue solamente conocer bien el idioma, sino comprender el origen de lo que se estaba diciendo. Su nombre en tibetano no puede ser más significativo: Ngawang Champa, literalmente, señor de la palabra, que la utiliza con bondad.