Yo también sé leer

owl-readingCuando al inicio de una conferencia vemos que el ponente de turno se sienta, se acomoda se ajusta las gafas y agarra los papeles … nosotros los intérpretes nos echamos a temblar …………. Todavía recuerdo con pavor a un ancianito irlandés que llegó con su ponencia bajo el brazo y, con total naturalidad se sentó y nos “deleitó” con una hora de lectura sobre redes artesanales de pesca …..

Jorge Wagensberg hizo hace unos años una lúcida descripción de este fenómeno que, afortunadamente, cada vez tiene menos adeptos:

En la mesa hay siete ponentes y un moderador. Cada uno dispone de 20 minutos para su intervención. Empieza la sesión. Cinco de ellos desenfundan un fajo de folios, bajan la cabeza y leen sin piedad. Los otros dos miran de frente, y hablan.

Cuentan, aunque quizá no sea cierto, que un viejo profesor universitario llegaba a clase con un vetusto magnetófono, lo ponía en marcha y volvía pasados 50 minutos para recuperarlo. Sus mejores clases estaban grabadas, ¿por qué renunciar a la perfección? Pero un día el viejo profesor olvidó el paraguas y regresó cuando solo habían transcurrido 20 minutos. Al abrir la puerta se quedó con el pomo en la mano y la boca abierta. En el aula vacía sonaba su voz, pero eso no era lo más sorprendente. Un centenar de magnetófonos de bolsillo giraban en silencio, uno en cada silla, grabando, muy aplicados, la clase del día.

El cerebro que ha escrito el texto que se está leyendo y el cerebro que ha grabado la cinta que se está escuchando tienen algo en común: ambos están ausentes. De hecho, el viejo profesor también podría haber optado por quedarse en el aula y mover los labios como si estuviera hablando. Un conferenciante que lee tiende a desconectar su cerebro; ¿por qué no va a hacer lo mismo su audiencia? Un conferenciante que habla es un cerebro que piensa, siempre a punto para la conversación. ¿Por qué acudir a una conferencia leída? Yo ya sé leer solito. ¿No podría alguien mandarme un folleto a casa?¿Acudir a una conversación sólo para hacerme cargo de las distancias que me separan del prójimo? ¿No podría el prójimo ser tan amable de enviarme sus distancias por correo? Conferenciante que hablas, tu imperfección es perfecta.

Vía: JORGE WAGENSBERG. El País, 2004.

El intérprete como piragüista sonda

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La verdad es que esta semana no he asomado la nariz por aquí, y es que todavía me estoy recuperando de otra experiencia de simultánea andante, bajo un sol de justicia, a modo de piragüista sonda (interesante término que surgió en el día de autos y que aventuré a traducir como lead kayaker). No sólo salí indemne de la experiencia, sino que me llevé bajo el brazo un hato lleno de experiencias (además de interpretar, hice mis pinitos como guía de un rebaño de ovejas con la ayuda de su pastor y el perro de carea) y de términos hasta ahora desconocidos [henolado, haylage, en inglés y alperujo, wet pomace en inglés].

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Descubrí el fascinante mundo de los silos (los hay tipo bunker, tipo torre, tipo bolsa, de montón o casero, de trinchera y de bloques) y de la maquinaria que se emplea para producir alimento para el ganado (escardadoras, segadoras, empacadoras, rotoempacadoras, encintadoras, picadoras de forraje). Un día de lo más completo.

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El henolado es un producto forrajero obtenido tras un breve período de secado, que se empaca en balas a gran presión y se envuelve en polietileno para que se produzca una fermentación anaerobia de los azúcares contenidos en el material vegetal.

El alperujo es un subproducto de las almazaras durante la extracción de aceite de oliva, es la mezcla de: aguas de vegetación o alpechines; partes sólidas de la aceituna, como el hueso, el mesocarpio y la piel; y restos grasos. Se define como todo aquello que resta de la aceituna molturada si eliminamos el aceite de oliva.